jueves, 10 de marzo de 2016

HACIA OTRA FORMA DE LEER Y DE PENSAR




Muchos profesores vivimos todavía en el siglo XIX. No nos hemos percatado, o en algunos casos no terminados de aceptar, que determinados paradigmas educativos han cambiado, y que lo que sirvió para que estudiaran Mariano José de Larra o Marie Curie, si se observa con un mínimo detenimiento el contexto, un elemento fundamental para entender el acto educativo, no puede ser válido, o por lo menos no puede ser suficiente, para que los hombres y mujeres del siglo XXI, entiendan, comprendan y sean capaces de valorar y hasta de cuestionar el modelo bajo el que vivimos. Solo posicionamientos muy conservadores pueden propugnar seguir ajenos a esta evidencia constatable. Y así, siendo obvio que hoy nadie se plantea realizar una intervención quirúrgica con el instrumental y los protocolos del siglo XIX, en la escuela, que habría de ser un referente desde el que abrir nuevos caminos, un acto tan fundamental como el acto de leer se mantiene anclado en unas premisas y en una concepción a todas luces insuficientes para abordar las nuevas realidades en las que conviven y desde las que han de interpretar la vida nuestros alumnos.
Por estos planteamiento es por los que tampoco pueden compartirse con José Antonio Marina y María de la Válgoma, sin duda referencias imprescindibles de nuestra educación, la afirmación de que “La lectura se encuentra acosada por la competencia de otras fuentes de diversión e información, en especial por los medios audiovisuales, que ejercen desde la infancia una poderosa fascinación”1. Y es que no tienen muchos distractores a su alcance, que quizá también, lo que sí tienen delante es un marco espacial distinto, un marco instrumental y de referencias diferente, mucho más amplio que aquel en el que desarrollaban sus capacidades intelectuales nuestros antepasados. Un escenario en el que, desde la “explosión digital”, las posibilidades son muy diferentes y cada vez más distantes de los antiguos modelos unidireccionales.
La actualidad digital ha desvelado espacios para la lectura interactiva impensables antes, cuando el proceso de definición de los contenidos dependía en gran medida del potencial imaginativo del lector, al que se imponía la obligación de –por ejemplo- imaginar los mundos sugeridos por el texto. En ese sentido los textos de la modernidad son más democráticos porque, incluso a los menos creativos o aquellos que presentan déficit de creatividad, les facilitan modelos con los que acceder a las realidades que se ofrecen. Y este hecho, contrariamente a lo que podría pensarse, no tiene por qué mermar las capacidades de quienes sí poseen o han desarrollado la creatividad o la innovación. Esos, sin duda seguirán encontrando nuevos caminos, nuevas fronteras en los textos con los que trabaja.
Lo cierto es que cuando un niño, por ejemplificar, se enfrenta a la pantalla de una tableta o de una computadora con una aplicación interactiva, tiene ante sí un código mucho más elaborado, y que solo una parte de ese código con el que ha de trabajar y que ha descodificar, coincide con aquel otro al que se enfrentaron los pensadores citados al principio o cualesquiera otros.
Vivimos tiempos en los que la frontera de las cosas, de las artes y de las ciencias están cada vez más difusas. El viejo dilema ciencias o letras será cada vez más difuso. El futuro, en un mundo sin fronteras para el intelecto, será de quienes dominen la capacidad de crear y de entenderlo. El futuro cada vez está más cerca de un remozado concepto del hombre utópico del Renacimiento. La pena es solo que los Estados y los poderosos idearán un modelo suficiente y capaz para gestionarlo a favor de los de siempre.
1 La magia de leer, Capítulo 2: Razones de un desamor, Plaza y Janés, 2010.

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