jueves, 17 de diciembre de 2015

Leer en el siglo XXI

Leer ya no es lo que era. Pensar que leer en el siglo XXI es circunscribirse a los textos lineales de la era Gutenberg, es andar como poco ciego y perdido en un mundo que no solo es plural, sino que es diverso, y en el que los sistemas de representación y la capacidad de crear los textos, ya ni siquiera responden a una voluntad individual, como tampoco a una herramienta ni a un soporte determinado y exclusivo. Que los libros, en el sentido tradicional del término, no han llegado a su fin es una verdad, de la misma manera que también lo es que ya no tienen ni tendrán la exclusividad de la transmisión del conocimiento ni tampoco de la presentación al público de las creaciones literarias, científicas o técnicas.
    Esperar hoy que leer siga siendo enhebrar una palabra tras otra con cierta entonación y continuidad y si es posible comprenderlas, sería casi lo mismo que suponer que los físicos de la actualidad siguiesen pendientes de no contradecir en sus aplicaciones los planteamientos de Newton, o que los ingenieros persistieran en valorar si los prototipos de puentes o de máquinas diseñados por Leonardo Da Vinci eran o no viable. El simple hecho de recapacitar un instante sobre el mundo en el que vivimos haría obvio que  leer ahora es una tarea mucho más compleja de lo que fue ayer, y que los docentes no pueden permanecer al margen de los nuevos sistemas de representación ni de los nuevos soportes ante los que el ciudadano se enfrenta a los actos de pensar y de reflexionar, que son en suma la lectura.
    Leer no puede ser lo que muchos por desconocimiento, comodidad o interés siguen pensando que era. Una sociedad, la nuestra, en la que los nativos digitales empiezan a sumar y cada día son más, no puede ser ajena a la multidimensionalidad de los textos, a los múltiples sistemas de representación que se utilizan, a los diferentes soportes con los que se trabaja y en los que se conciben o plasman los discursos o los supertextos de la modernidad. Quizá convenga aclarar que la denominación de supertexto deriva de la necesidad de diferenciarlo del texto lineal, simple, unidireccional –y apurando mucho bidireccional- con el que todos hemos trabajado alguna vez,  e incluso seguimos trabajando y creando, para después matizar que el supertexto es aquel que se forma con todas las percepciones que a manera de mosaico genera en su fuero interno (leer bien siempre ha sido un proceso de interiorización) cualquier espectador, usuario u observador de los sistemas de comunicación generalizados en gran parte de Occidente. Dicho esto debe ser evidente que los textos han cambiado, que los referentes actuales poco tienen que ver con la lectura lineal,  y que aún siendo verdad que los supertextos responden a una percepción fragmentaria de la realidad, el modelo de conocimiento que se genera a partir de ellos con toda la información que es posible reunir, favorece la concepción de un todo bastante más rico que el procedente de los textos clásicos.


Modernidad y nuevos soportes
    Quizá, a la luz de tales consideraciones, los planteamientos que se están llevando a la Escuela 2.0 nazcan del error de desconsiderar esa nueva realidad textual y favorecer solo (esperemos que lo sea únicamente ahora que se empieza) un uso instrumental de la tecnología, sin entender que lo más importante no es el mensajero sino el mensaje, un mensaje que explicita la concepción de un nuevo modelo de conocimiento, no sé si más democrático (el conocimiento nunca lo ha sido), pero por lo menos más horizontal en el que el protagonismo lo asumen las lecturas plurales, para las que se necesita una capacidad de relacionar mucho mayor que la que fuera tradicional en los ya viejos textos de la era Gutenberg.


    Sin embargo no se puede pasar por alto, para singularizar la realidad en que vivimos, el hecho de encontrarnos en el momento histórico que más información y más conocimiento están al alcance de la mayoría; téngase en cuenta que hasta la persona más iletrada de las que pudieran convivir hoy con cualquiera de nosotros, tiene en sí mismo o a su alcance, una cantidad de información y de códigos de representación, que jamás  hubieran imaginado –por ejemplo- los legisladores que redactaron La Pepa, ni siquiera en el mejor de sus augurios.
    Quedarse en fechas actuales, por ejemplo, en ejercicios de cuantificación de la velocidad lectora –por citar una de las prácticas habituales en muchas clases- es pretender una valoración muy parcial de las capacidades y de los conocimientos que maneja ese alumno, obviando los otros muchos textos que conoce, maneja y con los que se enfrenta (y que en ocasiones dominan mejor los alumnos que sus maestros) cada vez que un individuo se para a mirar la televisión o se entretiene manejando una consola de Nintendo.
    Cuando se desconocen esas premisas se corre el peligro de derivar en situaciones en las que el alumno se aburre porque  tiene delante de sí textos lineales incapaces de la interacción a la que ya está acostumbrado y con la que es capaz de recibir las grandes cantidades de información que conllevan los supertextos de la modernidad que él, consciente o inconscientemente, maneja con suficiente fluidez cada vez que se sienta delante de la televisión o del ordenador. Este desconocimiento supone abundar en un sistema que sigue cercenando la creatividad, y en el que escasamente se permite –por falta de tiempo- elucubrar, investigar e incluso imaginar. Sin embargo no puede obviarse que hoy el simple hábito de ver la televisión es enfrentarse a uno de los textos del siglo XXI, un supertexto, seguramente fraguado a base de una información mosaico que cuando  no se tiene la capacidad o la formación  para procesarla y contextualizarla adecuadamente, provocará las disfunciones con las que se encuentran muchos docentes cada día. Piense que leer ahora ya no es la lectura lineal de un discurso, sino perseguir un hilo, que como el de Ariadna, se cuela en los laberintos de una red en la que la sucesión de palabras propias o ajenas, los iconos, las imágenes –fijas o en movimiento-, los hiperenlaces, etc. etc. construyen un discurso lógico o no pero original.
    El ejemplo de la consola Nintendo en su última versión, sin referirnos a juegos específicos que pudieran dar cuenta de sus posibilidades, puede servir para ser conscientes de los soportes de creación de textos que puede incluir un artefacto tan nimio como este y al que puede tener acceso un niño cualquiera de los nuestros. Un soporte que incluye, para realizarlo todo de una manera relativamente fácil, desde la posibilidad lúdica del juego principal, a una importante batería de herramientas que permiten desde generar un cómic a mezclar música con sonidos naturales, propiciando uno de esos supertextos que decíamos, sometidos a un guión y a una cierta estructura y a unos valores semánticos y sintácticos que escapan a muchos profesionales de la enseñanza que se han mantenido ajenos a lo que empieza a ser la cotidianidad de nuestro alumnado.
    Así pues los textos de la modernidad son de una complejidad infinitamente superior a los que conocíamos y creíamos dominar, entre otras razones porque los valores semánticos, las estructuras narrativas que los vertebran o sostienen son muldidisciplinares, (del cine a las matemáticas pasando por la literatura, y como si todo volviera a ser lo mismo o fuese lo que fue ya al principio) y los códigos de representación que se barajan, ya no son ni siquiera únicos, como tampoco es única la lengua en la que está expresado el mensaje, ni incluso el lenguaje en el que se ofrece, que ni siquiera es unidireccional, sino que muchísimas veces comporta la interacción inmediata, hasta irreflexiva y emitida por alguien que hasta puede no tener la suficiente preparación para proponerla. Hechos que aún siendo ciertos, no invalidan la aportación, a sabiendas de que el conocimiento humano se ha consolidado a partir de una cadena finita de aciertos y errores que ha de proseguir.



Tela de araña
    Se debe pensar también que en cualquier caso, que cuando el hombre dio el gran salto de la representación de su vida cotidiana, de su pensamiento, y hasta de sus miedos, en los muros de una cueva, sufrimos un gran cambio, una mutación sustancial que fue la impuesta por la fijación del pensamiento; de la misma manera que cuando nuestros antepasados pasaron de contar lo que sabían oralmente a trasladarlo a tablillas o papiros se propició otro gran salto excepcional no ya en nuestra historia, sino en la conformación de la especie a la que pertenecemos y que no es ajena a la interacción con el medio ambiente en el que como todo ser vivo intenta continuamente sobrevivir.
Pero si la era Gutenberg supuso el fin de la exclusividad y de la expansión pausada del pensamiento y del conocimiento, la era digital comporta una universalización y una expansión acelerada que difícilmente podremos todavía cuantificar de qué manera y cuánto supondrá de cambio en nuestros hábitos de leer y en nuestras vidas. Y más todavía cuando se ha de ser consciente de que los nuevos soportes en los que viajan o se manifiestan los supertextos pueden provocar una saturación, que al ritmo con que se construye la realidad ya resulta inevitable, pero ante la que solo existe una solución, cual es hacerle frente con una educación renovada que ha de reconsiderar no solo la metodología sino también los conceptos. Piense también que desde la concepción de los textos escritos a su universalización, desde que las elites que los poseían los transfirieron a los pueblos, pasó mucho tiempo y eso permitió una adaptación progresiva de los sistemas, incluidos los de control, pero que eso hoy ya no es posible, en la era digital la universalización y la transferencia es tan rápida que ni siquiera las elites o las clases dominantes tienen todavía en su mano cómo intervenir el conocimiento descontrolado que adquieren los nuevos lectores, los lectores de la modernidad. El problema –o la aventura- solo acaba de empezar.

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