lunes, 11 de abril de 2016
El mural, aquella maravillosa forma de leer y escribir
Las nuevas tecnologías nos permiten, que aquel empeño cooperativo que tantas veces acompañó al mural, hoy pueda incluso realizarse desde la distancia gracias al universo digital. Algunas de esas herramientas más conocidas, que no las únicas son:Si hasta ahora la realización de murales era realizada con cartulinas y rotuladores, estas cuatro herramientas nos permiten trabajarlos de un modo interactivo gracias a la innovación tecnológica.
jueves, 10 de marzo de 2016
HACIA OTRA FORMA DE LEER Y DE PENSAR
Muchos
profesores vivimos todavía en el siglo XIX. No nos hemos percatado,
o en algunos casos no terminados de aceptar, que determinados
paradigmas educativos han cambiado, y que lo que sirvió para que
estudiaran Mariano José de Larra o Marie Curie, si se observa con un
mínimo detenimiento el contexto, un elemento fundamental para
entender el acto educativo, no puede ser válido, o por lo menos no
puede ser suficiente, para que los hombres y mujeres del siglo XXI,
entiendan, comprendan y sean capaces de valorar y hasta de cuestionar
el modelo bajo el que vivimos. Solo posicionamientos muy
conservadores pueden propugnar seguir ajenos a esta evidencia
constatable. Y así, siendo obvio que hoy nadie se plantea realizar
una intervención quirúrgica con el instrumental y los protocolos
del siglo XIX, en la escuela, que habría de ser un referente desde
el que abrir nuevos caminos, un acto tan fundamental como el acto de
leer se mantiene anclado en unas premisas y en una concepción a
todas luces insuficientes para abordar las nuevas realidades en las
que conviven y desde las que han de interpretar la vida nuestros
alumnos.
Por
estos planteamiento es por los que tampoco pueden compartirse con
José Antonio Marina y María de la Válgoma, sin duda referencias
imprescindibles de nuestra educación, la afirmación de que “La
lectura se encuentra acosada por la competencia de otras fuentes de
diversión e información, en especial por los medios audiovisuales,
que ejercen desde la infancia una poderosa fascinación”1.
Y es que no tienen muchos distractores a su alcance, que quizá
también, lo que sí tienen delante es un marco espacial distinto, un
marco instrumental y de referencias diferente, mucho más amplio que
aquel en el que desarrollaban sus capacidades intelectuales nuestros
antepasados. Un escenario en el que, desde la “explosión digital”,
las posibilidades son muy diferentes y cada vez más distantes de
los antiguos modelos unidireccionales.
La
actualidad digital ha desvelado espacios para la lectura interactiva
impensables antes, cuando el proceso de definición de los contenidos
dependía en gran medida del potencial imaginativo del lector, al que
se imponía la obligación de –por ejemplo- imaginar los mundos
sugeridos por el texto. En ese sentido los textos de la modernidad
son más democráticos porque, incluso a los menos creativos o
aquellos que presentan déficit de creatividad, les facilitan
modelos con los que acceder a las realidades que se ofrecen. Y este
hecho, contrariamente a lo que podría pensarse, no tiene por qué
mermar las capacidades de quienes sí poseen o han desarrollado la
creatividad o la innovación. Esos, sin duda seguirán encontrando
nuevos caminos, nuevas fronteras en los textos con los que trabaja.
Lo cierto es que cuando un niño, por ejemplificar, se enfrenta a la
pantalla de una tableta o de una computadora con una aplicación
interactiva, tiene ante sí un código mucho más elaborado, y que
solo una parte de ese código con el que ha de trabajar y que ha
descodificar, coincide con aquel otro al que se enfrentaron los
pensadores citados al principio o cualesquiera otros.
Vivimos tiempos en los que la frontera de las cosas, de las artes y
de las ciencias están cada vez más difusas. El viejo dilema
ciencias o letras será cada vez más difuso. El futuro, en un mundo
sin fronteras para el intelecto, será de quienes dominen la
capacidad de crear y de entenderlo. El futuro cada vez está más
cerca de un remozado concepto del hombre utópico del Renacimiento.
La pena es solo que los Estados y los poderosos idearán un modelo
suficiente y capaz para gestionarlo a favor de los de siempre.
1
La magia de leer, Capítulo 2: Razones de un desamor, Plaza y
Janés, 2010.
lunes, 7 de marzo de 2016
LEER EN EL SIGLO XXI: NUEVAS ESTRATEGIAS PARA PROFESORES. Beatriz Montesinos
Marc Prensky dice que nuestra generación aprendió a entender el mundo a través de la lectura, y que nuestros hijos ahora, aprenden a entender el mundo a través de la tecnología.
Pero leer, sigue siendo una competencia básica para poder aprender. Lo que ocurre, es que el modo de leer en el siglo XXI, al igual que el modo de pensar, es diferente hoy a como era en siglos pasados. ¿Por qué? Porque está determinado necesariamente por el incremento de medios y formatos dispares de comunicación,tanto analógicos como digitales.
El medio, el formato y la accesibilidad al medio son los tres puntos que marcan la diferencia [...]
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martes, 16 de febrero de 2016
Leer y escribir en el siglo XXI. Daniel Casany
Reflexión de Casany al hilo de los contenidos que nos ocupan. Quizá haya aspectos que hoy pueden estar superados (la presentación es de 2008, aunque el pensador sigue y abunda sobre el mismo tema) pero puede ser interesante para ser conscientes y reflexionar que el camino no es nuevo ni acaba de empezar, sino todo lo contrario, es el continuo de nuestra historia.
jueves, 17 de diciembre de 2015
Leer en el siglo XXI
Leer ya no es lo que era. Pensar que leer en el siglo XXI es circunscribirse a los textos lineales de la era Gutenberg, es andar como poco ciego y perdido en un mundo que no solo es plural, sino que es diverso, y en el que los sistemas de representación y la capacidad de crear los textos, ya ni siquiera responden a una voluntad individual, como tampoco a una herramienta ni a un soporte determinado y exclusivo. Que los libros, en el sentido tradicional del término, no han llegado a su fin es una verdad, de la misma manera que también lo es que ya no tienen ni tendrán la exclusividad de la transmisión del conocimiento ni tampoco de la presentación al público de las creaciones literarias, científicas o técnicas.
Esperar hoy que leer siga siendo enhebrar una palabra tras otra con cierta entonación y continuidad y si es posible comprenderlas, sería casi lo mismo que suponer que los físicos de la actualidad siguiesen pendientes de no contradecir en sus aplicaciones los planteamientos de Newton, o que los ingenieros persistieran en valorar si los prototipos de puentes o de máquinas diseñados por Leonardo Da Vinci eran o no viable. El simple hecho de recapacitar un instante sobre el mundo en el que vivimos haría obvio que leer ahora es una tarea mucho más compleja de lo que fue ayer, y que los docentes no pueden permanecer al margen de los nuevos sistemas de representación ni de los nuevos soportes ante los que el ciudadano se enfrenta a los actos de pensar y de reflexionar, que son en suma la lectura.
Leer no puede ser lo que muchos por desconocimiento, comodidad o interés siguen pensando que era. Una sociedad, la nuestra, en la que los nativos digitales empiezan a sumar y cada día son más, no puede ser ajena a la multidimensionalidad de los textos, a los múltiples sistemas de representación que se utilizan, a los diferentes soportes con los que se trabaja y en los que se conciben o plasman los discursos o los supertextos de la modernidad. Quizá convenga aclarar que la denominación de supertexto deriva de la necesidad de diferenciarlo del texto lineal, simple, unidireccional –y apurando mucho bidireccional- con el que todos hemos trabajado alguna vez, e incluso seguimos trabajando y creando, para después matizar que el supertexto es aquel que se forma con todas las percepciones que a manera de mosaico genera en su fuero interno (leer bien siempre ha sido un proceso de interiorización) cualquier espectador, usuario u observador de los sistemas de comunicación generalizados en gran parte de Occidente. Dicho esto debe ser evidente que los textos han cambiado, que los referentes actuales poco tienen que ver con la lectura lineal, y que aún siendo verdad que los supertextos responden a una percepción fragmentaria de la realidad, el modelo de conocimiento que se genera a partir de ellos con toda la información que es posible reunir, favorece la concepción de un todo bastante más rico que el procedente de los textos clásicos.
Modernidad y nuevos soportes
Quizá, a la luz de tales consideraciones, los planteamientos que se están llevando a la Escuela 2.0 nazcan del error de desconsiderar esa nueva realidad textual y favorecer solo (esperemos que lo sea únicamente ahora que se empieza) un uso instrumental de la tecnología, sin entender que lo más importante no es el mensajero sino el mensaje, un mensaje que explicita la concepción de un nuevo modelo de conocimiento, no sé si más democrático (el conocimiento nunca lo ha sido), pero por lo menos más horizontal en el que el protagonismo lo asumen las lecturas plurales, para las que se necesita una capacidad de relacionar mucho mayor que la que fuera tradicional en los ya viejos textos de la era Gutenberg.
Sin embargo no se puede pasar por alto, para singularizar la realidad en que vivimos, el hecho de encontrarnos en el momento histórico que más información y más conocimiento están al alcance de la mayoría; téngase en cuenta que hasta la persona más iletrada de las que pudieran convivir hoy con cualquiera de nosotros, tiene en sí mismo o a su alcance, una cantidad de información y de códigos de representación, que jamás hubieran imaginado –por ejemplo- los legisladores que redactaron La Pepa, ni siquiera en el mejor de sus augurios.
Quedarse en fechas actuales, por ejemplo, en ejercicios de cuantificación de la velocidad lectora –por citar una de las prácticas habituales en muchas clases- es pretender una valoración muy parcial de las capacidades y de los conocimientos que maneja ese alumno, obviando los otros muchos textos que conoce, maneja y con los que se enfrenta (y que en ocasiones dominan mejor los alumnos que sus maestros) cada vez que un individuo se para a mirar la televisión o se entretiene manejando una consola de Nintendo.
Cuando se desconocen esas premisas se corre el peligro de derivar en situaciones en las que el alumno se aburre porque tiene delante de sí textos lineales incapaces de la interacción a la que ya está acostumbrado y con la que es capaz de recibir las grandes cantidades de información que conllevan los supertextos de la modernidad que él, consciente o inconscientemente, maneja con suficiente fluidez cada vez que se sienta delante de la televisión o del ordenador. Este desconocimiento supone abundar en un sistema que sigue cercenando la creatividad, y en el que escasamente se permite –por falta de tiempo- elucubrar, investigar e incluso imaginar. Sin embargo no puede obviarse que hoy el simple hábito de ver la televisión es enfrentarse a uno de los textos del siglo XXI, un supertexto, seguramente fraguado a base de una información mosaico que cuando no se tiene la capacidad o la formación para procesarla y contextualizarla adecuadamente, provocará las disfunciones con las que se encuentran muchos docentes cada día. Piense que leer ahora ya no es la lectura lineal de un discurso, sino perseguir un hilo, que como el de Ariadna, se cuela en los laberintos de una red en la que la sucesión de palabras propias o ajenas, los iconos, las imágenes –fijas o en movimiento-, los hiperenlaces, etc. etc. construyen un discurso lógico o no pero original.
El ejemplo de la consola Nintendo en su última versión, sin referirnos a juegos específicos que pudieran dar cuenta de sus posibilidades, puede servir para ser conscientes de los soportes de creación de textos que puede incluir un artefacto tan nimio como este y al que puede tener acceso un niño cualquiera de los nuestros. Un soporte que incluye, para realizarlo todo de una manera relativamente fácil, desde la posibilidad lúdica del juego principal, a una importante batería de herramientas que permiten desde generar un cómic a mezclar música con sonidos naturales, propiciando uno de esos supertextos que decíamos, sometidos a un guión y a una cierta estructura y a unos valores semánticos y sintácticos que escapan a muchos profesionales de la enseñanza que se han mantenido ajenos a lo que empieza a ser la cotidianidad de nuestro alumnado.
Así pues los textos de la modernidad son de una complejidad infinitamente superior a los que conocíamos y creíamos dominar, entre otras razones porque los valores semánticos, las estructuras narrativas que los vertebran o sostienen son muldidisciplinares, (del cine a las matemáticas pasando por la literatura, y como si todo volviera a ser lo mismo o fuese lo que fue ya al principio) y los códigos de representación que se barajan, ya no son ni siquiera únicos, como tampoco es única la lengua en la que está expresado el mensaje, ni incluso el lenguaje en el que se ofrece, que ni siquiera es unidireccional, sino que muchísimas veces comporta la interacción inmediata, hasta irreflexiva y emitida por alguien que hasta puede no tener la suficiente preparación para proponerla. Hechos que aún siendo ciertos, no invalidan la aportación, a sabiendas de que el conocimiento humano se ha consolidado a partir de una cadena finita de aciertos y errores que ha de proseguir.
Tela de araña
Se debe pensar también que en cualquier caso, que cuando el hombre dio el gran salto de la representación de su vida cotidiana, de su pensamiento, y hasta de sus miedos, en los muros de una cueva, sufrimos un gran cambio, una mutación sustancial que fue la impuesta por la fijación del pensamiento; de la misma manera que cuando nuestros antepasados pasaron de contar lo que sabían oralmente a trasladarlo a tablillas o papiros se propició otro gran salto excepcional no ya en nuestra historia, sino en la conformación de la especie a la que pertenecemos y que no es ajena a la interacción con el medio ambiente en el que como todo ser vivo intenta continuamente sobrevivir.
Pero si la era Gutenberg supuso el fin de la exclusividad y de la expansión pausada del pensamiento y del conocimiento, la era digital comporta una universalización y una expansión acelerada que difícilmente podremos todavía cuantificar de qué manera y cuánto supondrá de cambio en nuestros hábitos de leer y en nuestras vidas. Y más todavía cuando se ha de ser consciente de que los nuevos soportes en los que viajan o se manifiestan los supertextos pueden provocar una saturación, que al ritmo con que se construye la realidad ya resulta inevitable, pero ante la que solo existe una solución, cual es hacerle frente con una educación renovada que ha de reconsiderar no solo la metodología sino también los conceptos. Piense también que desde la concepción de los textos escritos a su universalización, desde que las elites que los poseían los transfirieron a los pueblos, pasó mucho tiempo y eso permitió una adaptación progresiva de los sistemas, incluidos los de control, pero que eso hoy ya no es posible, en la era digital la universalización y la transferencia es tan rápida que ni siquiera las elites o las clases dominantes tienen todavía en su mano cómo intervenir el conocimiento descontrolado que adquieren los nuevos lectores, los lectores de la modernidad. El problema –o la aventura- solo acaba de empezar.
Esperar hoy que leer siga siendo enhebrar una palabra tras otra con cierta entonación y continuidad y si es posible comprenderlas, sería casi lo mismo que suponer que los físicos de la actualidad siguiesen pendientes de no contradecir en sus aplicaciones los planteamientos de Newton, o que los ingenieros persistieran en valorar si los prototipos de puentes o de máquinas diseñados por Leonardo Da Vinci eran o no viable. El simple hecho de recapacitar un instante sobre el mundo en el que vivimos haría obvio que leer ahora es una tarea mucho más compleja de lo que fue ayer, y que los docentes no pueden permanecer al margen de los nuevos sistemas de representación ni de los nuevos soportes ante los que el ciudadano se enfrenta a los actos de pensar y de reflexionar, que son en suma la lectura.
Leer no puede ser lo que muchos por desconocimiento, comodidad o interés siguen pensando que era. Una sociedad, la nuestra, en la que los nativos digitales empiezan a sumar y cada día son más, no puede ser ajena a la multidimensionalidad de los textos, a los múltiples sistemas de representación que se utilizan, a los diferentes soportes con los que se trabaja y en los que se conciben o plasman los discursos o los supertextos de la modernidad. Quizá convenga aclarar que la denominación de supertexto deriva de la necesidad de diferenciarlo del texto lineal, simple, unidireccional –y apurando mucho bidireccional- con el que todos hemos trabajado alguna vez, e incluso seguimos trabajando y creando, para después matizar que el supertexto es aquel que se forma con todas las percepciones que a manera de mosaico genera en su fuero interno (leer bien siempre ha sido un proceso de interiorización) cualquier espectador, usuario u observador de los sistemas de comunicación generalizados en gran parte de Occidente. Dicho esto debe ser evidente que los textos han cambiado, que los referentes actuales poco tienen que ver con la lectura lineal, y que aún siendo verdad que los supertextos responden a una percepción fragmentaria de la realidad, el modelo de conocimiento que se genera a partir de ellos con toda la información que es posible reunir, favorece la concepción de un todo bastante más rico que el procedente de los textos clásicos.
Modernidad y nuevos soportes
Quizá, a la luz de tales consideraciones, los planteamientos que se están llevando a la Escuela 2.0 nazcan del error de desconsiderar esa nueva realidad textual y favorecer solo (esperemos que lo sea únicamente ahora que se empieza) un uso instrumental de la tecnología, sin entender que lo más importante no es el mensajero sino el mensaje, un mensaje que explicita la concepción de un nuevo modelo de conocimiento, no sé si más democrático (el conocimiento nunca lo ha sido), pero por lo menos más horizontal en el que el protagonismo lo asumen las lecturas plurales, para las que se necesita una capacidad de relacionar mucho mayor que la que fuera tradicional en los ya viejos textos de la era Gutenberg.
Sin embargo no se puede pasar por alto, para singularizar la realidad en que vivimos, el hecho de encontrarnos en el momento histórico que más información y más conocimiento están al alcance de la mayoría; téngase en cuenta que hasta la persona más iletrada de las que pudieran convivir hoy con cualquiera de nosotros, tiene en sí mismo o a su alcance, una cantidad de información y de códigos de representación, que jamás hubieran imaginado –por ejemplo- los legisladores que redactaron La Pepa, ni siquiera en el mejor de sus augurios.
Quedarse en fechas actuales, por ejemplo, en ejercicios de cuantificación de la velocidad lectora –por citar una de las prácticas habituales en muchas clases- es pretender una valoración muy parcial de las capacidades y de los conocimientos que maneja ese alumno, obviando los otros muchos textos que conoce, maneja y con los que se enfrenta (y que en ocasiones dominan mejor los alumnos que sus maestros) cada vez que un individuo se para a mirar la televisión o se entretiene manejando una consola de Nintendo.
Cuando se desconocen esas premisas se corre el peligro de derivar en situaciones en las que el alumno se aburre porque tiene delante de sí textos lineales incapaces de la interacción a la que ya está acostumbrado y con la que es capaz de recibir las grandes cantidades de información que conllevan los supertextos de la modernidad que él, consciente o inconscientemente, maneja con suficiente fluidez cada vez que se sienta delante de la televisión o del ordenador. Este desconocimiento supone abundar en un sistema que sigue cercenando la creatividad, y en el que escasamente se permite –por falta de tiempo- elucubrar, investigar e incluso imaginar. Sin embargo no puede obviarse que hoy el simple hábito de ver la televisión es enfrentarse a uno de los textos del siglo XXI, un supertexto, seguramente fraguado a base de una información mosaico que cuando no se tiene la capacidad o la formación para procesarla y contextualizarla adecuadamente, provocará las disfunciones con las que se encuentran muchos docentes cada día. Piense que leer ahora ya no es la lectura lineal de un discurso, sino perseguir un hilo, que como el de Ariadna, se cuela en los laberintos de una red en la que la sucesión de palabras propias o ajenas, los iconos, las imágenes –fijas o en movimiento-, los hiperenlaces, etc. etc. construyen un discurso lógico o no pero original.
El ejemplo de la consola Nintendo en su última versión, sin referirnos a juegos específicos que pudieran dar cuenta de sus posibilidades, puede servir para ser conscientes de los soportes de creación de textos que puede incluir un artefacto tan nimio como este y al que puede tener acceso un niño cualquiera de los nuestros. Un soporte que incluye, para realizarlo todo de una manera relativamente fácil, desde la posibilidad lúdica del juego principal, a una importante batería de herramientas que permiten desde generar un cómic a mezclar música con sonidos naturales, propiciando uno de esos supertextos que decíamos, sometidos a un guión y a una cierta estructura y a unos valores semánticos y sintácticos que escapan a muchos profesionales de la enseñanza que se han mantenido ajenos a lo que empieza a ser la cotidianidad de nuestro alumnado.
Así pues los textos de la modernidad son de una complejidad infinitamente superior a los que conocíamos y creíamos dominar, entre otras razones porque los valores semánticos, las estructuras narrativas que los vertebran o sostienen son muldidisciplinares, (del cine a las matemáticas pasando por la literatura, y como si todo volviera a ser lo mismo o fuese lo que fue ya al principio) y los códigos de representación que se barajan, ya no son ni siquiera únicos, como tampoco es única la lengua en la que está expresado el mensaje, ni incluso el lenguaje en el que se ofrece, que ni siquiera es unidireccional, sino que muchísimas veces comporta la interacción inmediata, hasta irreflexiva y emitida por alguien que hasta puede no tener la suficiente preparación para proponerla. Hechos que aún siendo ciertos, no invalidan la aportación, a sabiendas de que el conocimiento humano se ha consolidado a partir de una cadena finita de aciertos y errores que ha de proseguir.
Tela de araña
Se debe pensar también que en cualquier caso, que cuando el hombre dio el gran salto de la representación de su vida cotidiana, de su pensamiento, y hasta de sus miedos, en los muros de una cueva, sufrimos un gran cambio, una mutación sustancial que fue la impuesta por la fijación del pensamiento; de la misma manera que cuando nuestros antepasados pasaron de contar lo que sabían oralmente a trasladarlo a tablillas o papiros se propició otro gran salto excepcional no ya en nuestra historia, sino en la conformación de la especie a la que pertenecemos y que no es ajena a la interacción con el medio ambiente en el que como todo ser vivo intenta continuamente sobrevivir.
Pero si la era Gutenberg supuso el fin de la exclusividad y de la expansión pausada del pensamiento y del conocimiento, la era digital comporta una universalización y una expansión acelerada que difícilmente podremos todavía cuantificar de qué manera y cuánto supondrá de cambio en nuestros hábitos de leer y en nuestras vidas. Y más todavía cuando se ha de ser consciente de que los nuevos soportes en los que viajan o se manifiestan los supertextos pueden provocar una saturación, que al ritmo con que se construye la realidad ya resulta inevitable, pero ante la que solo existe una solución, cual es hacerle frente con una educación renovada que ha de reconsiderar no solo la metodología sino también los conceptos. Piense también que desde la concepción de los textos escritos a su universalización, desde que las elites que los poseían los transfirieron a los pueblos, pasó mucho tiempo y eso permitió una adaptación progresiva de los sistemas, incluidos los de control, pero que eso hoy ya no es posible, en la era digital la universalización y la transferencia es tan rápida que ni siquiera las elites o las clases dominantes tienen todavía en su mano cómo intervenir el conocimiento descontrolado que adquieren los nuevos lectores, los lectores de la modernidad. El problema –o la aventura- solo acaba de empezar.
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lunes, 14 de diciembre de 2015
La literatura y las otras artes
Si las bombillas ya casi no son aquellas que inventara
Edison, si la televisión ha dejado de ser aquel cajón que ocupaba tan ancho como
largo nuestro salón, si el matrimonio ha dejado de ser la unión de un hombre y
de una mujer, si los cines han pasado de ser de barrio para confundirse entre
las cajeras de los supermercados, si las metáforas han dejado de ser exclusivas de la literatura
para coquetear con la publicidad, si los molinos de viento ya no muelen trigo…
Si ni siquiera la lengua que utilizamos es aquella con la que escribió Miguel
de Cervantes su don Quijote… Quizás se le parezca, pero ha cambiado, han cambiado muchas palabras, es la ley de
las lenguas; y demasiadas cosas, es la ley de la vida. Seguramente habrá sido para bien, eso nadie lo sabe.
Y de la misma manera que todo fue renovándose cambiaron el
contexto, los personajes, los
intérpretes y hasta el modo de narrar. Hoy no se cuenta como ayer. Y
seguramente que hoy no referimos las cosas como lo haremos mañana. Preocupados
en positivo por esos vaivenes que nos llevan y nos traen hemos querido
rememorar que en esto de contar historias, de delimitar sentimientos, de
traducir en diferenes soportes la vida, la literatura nunca estuvo sola. Y
ahora quizás menos, porque todo, de una manera u otra, se ha ido fundiendo o
confundiendo, uniendo o mezclando en una amalgama con todos los modos de crear.
Por eso, y porque éramos conscientes de que cada vez esto de
contar y de sentir es cada vez más cosa de muchos que de soledades
intransferibles, nacieron estas jornadas que intentan el maridaje de disciplinas
y de artes que seguramente siempre caminaron juntas, aunque ahora más que
nunca, se han desnudado de atuendos y camisas para hacer más visibles sus
connivencias, sus charlas de alcoba, sus noches de gozo y de desvelo; haciendo
palpable que todos los que andaban por
los mismos caminos terminaban alguna vez en la misma encrucijada, que todos los
que habitaban esas ciudades fantásticas de la elucubración y de la imaginación,
terminaban más de una jornada en la misma habitación, aquella que mantenía
abiertas las ventanas al sueño perpetuo de comunicar.
De esos pensamientos y de estas ideas nació el
atrevimiento de fundir en el Seminario de la Fundación Caballero Bonald la
filosofía, la música, el cómic, la fotografía, el cine, la poesía y la pintura… ¿No serán acaso todas
piezas del mismo puzle?
Botella al mar para el Dios de las palabras
Gabriel García Márquez/Zacatecas, 1997, Centro Virtual Cervantes
Gabriel García Márquez/Zacatecas, 1997, Centro Virtual Cervantes
A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: «¡Cuidado!» El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras. Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. [Terminar de leer] |
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